La lluvia y el estadio

El viernes pasado Buenos Aires padeció un nuevo aguacero que dejó gran parte de la ciudad bajo el agua. Los casi 70 milímetros caídos en dos horas dejaron calles inundadas, casas y autos con varios centímetros de agua adentro, cortes de luz de varios de días y la decepción de ver una gigante creación humana que sucumbe ante la furia de la naturaleza. En un ambiente caótico de quejas y desesperación, en Buenos Aires se jugaron dos partidos de fútbol. Pasado lo peor de la tormenta, Colón derrotó a Chacarita y Vélez goleó a Independiente. La televisión mostraba el fútbol en directo y las calles anegadas. ELa pelota corrió como si nada hubiera pasado.

Eduardo Galeano escribió: “No hay nada menos vacío que un estadio vacío, no hay nada menos mudo que las gradas sin nadie”. A las 18 horas del viernes, la cancha de Argentinos Juniors donde iba a jugar de local Chacarita presentaba grandes charcos que hacían imposible jugar algo así como un partido. La programación televisiva permitía esperar un poco a que bajara el agua de la cancha y de las adyacencias, para que la pelota pudiera correr en el campo de juego. Una hora más tarde salieron los protagonistas y Colón se llevó una victoria por 2 a 1 sobre el final que lo dejó en la punta del torneo junto con Vélez. Las tribunas estaban despobladas. A continuación debían jugar Vélez e Independiente en Liniers. Calles inundadas, dificultades para llegar al estadio e incluso algunas luces de las torres de iluminación que no encendían fueron el marco del encuentro. Finalmente, los no habituales titulares de Vélez dieron una muestra de fútbol y carácter para ganar el partido por 3 a 0. Con la marea un poco más baja, las tribunas populares presentaron un marco interesante de público, aunque en un día menos tormentoso la cantidad de hinchas hubiera sido mucho mayor. Poca gente vio en vivo el espectáculo y mucha lo miró por TV. La ciudad colapsada y el show futbolístico intacto.

Ezequiel Martínez Estrada escribió que las paredes de los estadios de fútbol se levantaban por encima de toda perspectiva y así parecen no existir la ciudad ni el mundo cuando se juega el partido. Esa es una buena descripción de lo que es un estadio colmado con un público fervoroso. “El círculo de espectadores se encierra como en una isla apartada de la vida, de la historia, del destino, una población que ha roto todo vínculo con la familia y el deber” dijo Martínez Estrada. Pero el espectáculo futbolístico tiene lugar en un espacio social del que no puede volverse ajeno. El estadio en condiciones y el campo de juego óptimo no alcanzan para que se juegue un partido en medio de una ciudad colapsada. Los clubes son sus colores, sus jugadores, sus estadios y sus hinchas, muchos de los cuales el viernes sufrieron el agua en sus propias casas o no pudieron llegar al lugar donde jugaba el equipo de sus amores. Pero las paredes del estadio seguían allí, evitando ver lo que sucedía afuera.

El sociólogo y urbanista norteamericano Lewis Mumford consideraba a los grandes estadios como un ejemplo del desarrollo equivocado de las grandes ciudades pobladas, deshumanizadas. Los estadios que albergaban multitudes, como los altos edificios, se constituían como tumbas de cemento que sepultaban el equilibrio y la armonía de la ciudad. Como la mole de cemento que se impone a la ciudad humana, el estadio de fútbol es la industria que se impune sobre el juego, es el deporte bajo la lógica del espectáculo, lejos de su costado lúdico. El viernes pasado, en La Paternal y en Liniers, las tribunas vacías dejaron al descubierto el cemento, pero el espectáculo estuvo garantizado.

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