Decime qué se siente (la pasión perdida del fútbol argentino)

Hace siete días, los futbolistas de Boca festejaron su victoria sobre River como verdaderos hinchas. Ante la ausencia de fanáticos de su equipo en el estadio Monumental, impedidos de asistir solo por ser visitantes, los futbolistas xeneizes celebraron juntos, en el centro de la cancha, y cantaron como el más fanático. Celebraban en la inmensa soledad del estadio un triunfo sin testigos presenciales más que ellos mismos. Los hinchas sólo podían mirarlos por televisión. La escena ofició como una postal del fútbol argentino de estos tiempos, que en nombre de la prevención expulsa parte de la pasión de los escenarios.



Ayer, el festejo genuino tomó un cariz institucional, cuando no conformes con la victoria y las celebraciones previas, dirigentes e hinchas xeneizes interrumpieron el encuentro que disputaban ante Rosario Central para continuar con la celebración del triunfo ante River. Se escucharon cánticos recordando el descenso del rival, aparecieron banderas del club de Núñez, mientras que desde afuera de la Bombonera se dispararon cientos de fuegos artificiales. Mientras tanto, el cartel del estadio mostraba un poster que se burlaba de River. Tras la reanudación, Central empató el partido que ganaban los xeneizes en la Bombonera, que probablemente sea suspendida por los hechos.



El Boca – River de hace poco días volvió a convertirse en ese acontecimiento for export del fútbol que se juega sobre suelo argentino. Pero esta vez, el partido más famoso expuso la realidad cruda del fútbol de estas tierras, empeñado en repetir su propia farsa. El fútbol argentino es hoy un espectáculo empeñado en dilapidar uno de sus caracteres que le da fama en el mundo: las prácticas festivas de sus hinchas.

En el Monumental, como en todos los estadios argentinos hoy en día, la fiesta fue exclusiva del equipo local, que puso brillo y color al estadio, pero no apareció la fiesta y los colores compartidos de aquello que le da vida al deporte: un duelo de dos, con sus cantos, sus banderas, sus expresiones carnavalescas.

La misma situación se había dado en 2004, en las semifinales de la Copa Libertadores. Aquella fue la primera vez. En el duelo de ida en la Bombonera sólo participaron hinchas de Boca y en el Monumental sólo estuvieron los de River.

Al leer el libro “Historia social del fútbol”, de Julio Frydenberg, una de las conclusiones que aparecen es el esfuerzo y la dedicación que pusieron los socios que fundaron los clubes argentinos, a principios del siglo XX. La organización institucional, la construcción de un campo de juego y un espacio social, el desarrollo burocrático que lograron y que les permitió organizarse en instituciones con reconocimiento legal, participar de campeonatos organizados y atraer nuevos socios y recursos para perdurar en el tiempo. Semejante complejidad del trabajo hizo que sólo una pequeña porción de los clubes fundados persistieran con el paso de los años. El trabajo de sus socios fue lo que les permitió subsistir.

Más de 100 años después, muchos socios e hinchas se privan de ver aquello que con tanto esfuerzo sus antepasados construyeron. Poco queda de aquel espíritu amateur, del hacer por la pasión y el amor al club. Mucho de aquello que se ha perdido parece haberse ido para siempre. El amor a la camiseta se disfruta hoy por televisión y es un espíritu usufructuado por el marketing mediático, que hace de aquello un show televisivo con sinuosos videoclips. O recae en su peor faceta, la cultura del aguante, que habilita una serie de prácticas propias y ajenas marcadas por el sufrimiento, la violencia y la intolerancia. En el extremo, la violencia mercantilizada convierte su ejercicio en fuente de negocios.

La barra de Independiente, envuelta en fuertes disputas internas
Es todo aquello lo que expuso el Boca – River, el partido más famoso de la argentina, jugado con sólo una parcialidad en las tribunas. Para el Estado y la Asociación del Fútbol Argentino, la ausencia de visitantes es condición para que se disputen los campeonatos de fútbol en la Argentina. Como una metáfora de la historia, cinco días después, el encuentro entre Independiente y Unión, que también se jugaría sin visitantes, fue suspendido por temor a incidentes entre hinchas de una misma parcialidad.

Luego, falleció Lorena Morini, de 39 años, asistente geriátrica y empleada de Independiente, quien quedó en medio un tiroteo entre dos facciones de la barra brava del club.

Los sospechosos de la muerte de Marini habían estado detenidos luego del partido frustrado, pero fueron liberados a las pocas horas. Así, el fútbol argentino se cargó una nueva víctima, que eleva el número a 279 en la historia. Mientras tanto, muchos dirigentes promueven burlas institucionales hacia sus rivales, que no hacen más que fomentar las prácticas violentas que después lamentan. Prácticas cada vez más presentes en el espectáculo futbolístico argentino, que restringe cada vez más la pasión genuina que lo vio nacer.

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