Dolor en rojo: los hinchas de Independiente y el descenso

Cuando el escenario estaba preparado para la batalla, los hinchas de Independiente decidieron aceptar los sucesos deportivos como aquello que son. Con cantos de amor y lágrimas de tristeza. Con gritos o en silencio, pensando en aquellos colores rojos de toda la vida, hoy caídos en desgracia. El fútbol argentino terminó una semana trágica con la violencia ausente allí donde más se la esperaba. Un equipo que acepta su destino, hinchas que eligen cargar con la tristeza y el desconsuelo sin castigar a nada ni nadie. Gestos contraculturales en el fútbol de la Argentina.

A comienzos de semana, el fútbol sumó una nueva víctima fatal: Javier Jerez, hincha de Lanús, murió ante el disparo de un policía desde pocos metros. Los incidentes generados por los hinchas obligaron a suspender entonces el encuentro entre Estudiantes y los granates. Fue el segundo partido suspendido de la jornada: dos días antes, los disturbios de los fanáticos obligaron a detener el empate parcial entre All Boys y Vélez.

En esta marco llegaba Independiente y sus hinchas al encuentro ante San Lorenzo, que podía sellar su despedida de la Primera División. Los antecedentes no ayudaban a esperar un escenario pacífico. Hace dos años, cuando River Plate se fue a la B, todo hacía presagiar grandes disturbios si el descenso se consumaba y eso finalmente sucedió.

Las autoridades se dispusieron para esa situación. Vallaron la sede de Independiente, cortaron calles de Avellaneda y desplegaron policías para evitar la barbarie. Fue una clara muestra de cómo se predispone la organización del fútbol argentino ante los acontecimientos deportivos: prepara el escenario para la batalla, dando por supuesto que de esa forma resuelven los hinchas sus lamentos deportivos. Lo habían hecho los propios hinchas de Independiente en el partido de la semana pasada ante River, cuando rompieron butacas de la tribuna mientras su equipo era derrotado en el césped.

Quizás las causas de toda esta situación escape a las propias autoridades, poco eficaces para evitar los incidentes, ni qué decir de su capacidad para prevenirlos. Seguramente, entran en juego aquí discursos y sentidos dominantes, porque, según muchos de ellos, en el fútbol argentino no hay espacio para la derrota. Porque el que pierde no es, no existe, fracasa. Sin embargo, cuando la desgracia deportiva se consuma, ingresa el juego de la tragedia espectacularizada, con los discursos y prácticas violentas de los hinchas y el dramatismo como moneda corriente.

El descenso deportivo es visto en la Argentina más que como una tragedia de deportiva. Como una historia que se va apagando, como la agonía de un equipo que hecho para grandes proezas, que no pierde permitirse transitar otro camino que el de la grandeza deportiva. No importa si el club ya descendió en el aspecto económico, si fomenta la violencia de su hinchada, si destrozo su vida social e institucional. El descenso de categoría se ve como la humillación eterna. La pérdida de un honor, una marca que quedará para siempre.

En esa defensa del honor ingresa muchas veces la violencia, esa marca distintiva del fútbol argentino en los últimos años. Un honor que se defiende de las peores formas, pero que surge como un valor máximo de los hinchas, que se lo cargan sobre sus espaldas. Los fanáticos de Independiente lo defendieron con lágrimas y cantos. Y dieron vuelta la máxima que pone a la violencia como norma. Ayer, la sorpresa fue la jornada en paz.

Aquí el final del partido entre Independiente y San Lorenzo y los cantos de los hinchas:



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